Gemma Jordán Vives

Web de la articulista y escritora

Cómplices del miedo

Si les dejamos volver a extender su credo, no sólo seremos cómplices de ver atacada la diversidad y la libertad presentes; también lo seremos de que desaparezca cualquier posibilidad de diversidad y libertad futuras. La autocensura del miedo.

Ahora que las movilizaciones en la calle se han parado un poco aunque no lo haya hecho el tema que las motivan, y una semana después de lo sucedido en la manifestación de la tarde del 9 de octubre, voy a contar aquí algo que me pasó hace mucho tiempo y de lo que nunca hablo: me refiero a la primera vez que me crucé con fascistas de los de verdad. Fue hace mínimo diez años, en la gasolinera de mi pueblo. No me hicieron nada, ni discutimos, ni cruzamos una palabra entre nosotros, pero sí que fue la primera vez que, de sopetón, me quedó clara su ideología y cómo distinguirlos.

Las pintas les delataban desde lejos; pantalones apretados y oscuros, pelo muy corto, marcando un poco de músculo (tampoco eran unos cachas) y camisetas con estampado militar que rezaban lo siguiente en el pecho: “España somos nosotros”. Puñetazo a mi cerebro. ¿Perdona? ¿Como que España son ellos? Y el resto, ¿qué? Fue lo que mi masa gris pensó. Porque yo era, y soy, lo completamente opuesto a ellos y a lo que su imagen exterior vendía, y también formaba parte de España. Y entonces, aún jovencita que era, caí en la cuenta de lo que querían y siguen queriendo decir. España es una, la que ellos tienen conformada en su cabeza, y no hay espacio ni oportunidad para más. No voy a gastar más letras de la cuenta en describirla, pero es una España gris y autoritaria que persigue una pureza y un orden imposibles y antinaturales, que solo se consiguen a base de apartar y machacar. Por eso, si te sales de esa regla, mereces ser humillado, machacado y apartado.

Esa España gris formada por seres machacados y seres “machacadores” es el motivo por el que como sociedad deberíamos ser aún más precavidos con aquello permitir y justificar sus ideales y sus acciones. O con lo de quedar al margen, callar y no denunciarlas. Porque en algún momento, a ti, que no eres independentista, que te da un poco igual el tema de los nacionalismos, que no eres homosexual ni transgénero; a ti, que no te da por opinar sobre política o sobre gestión pública ni en la calle ni en las redes, que no perteneces a ningún sindicato ni participas en huelgas; a ti, que no tienes ninguna filiación ideológica concreta y lo único que quieres es que te dejen hacer tu vida tranquilo, a ti, a por ti, también podrán ir si se les cruza en la mollera que te sales del camino que ellos han marcado. Si no es a por ti, podrán ir a por alguno de tus hijos, o de tus mejores amigos, o de tus hermanos. Les podrá dar por boicotear a tu empresa o, sencillamente, mientras paseas un día por la calle, harán que te sientas inseguro si te cruzas con una de sus cacerías, o sus desfiles, en los que muestran todo su ordenado, físico y atemorizador potencial.

En el orden preestablecido que rige sus cabezas y que quieren que rija esa España que, según ellos, sólo ellos conforman, no hay sitio para la disensión ni para la divergencia. Si les dejamos volver a extender su credo, no sólo seremos cómplices de ver atacada la diversidad y la libertad presentes; también lo seremos de que desaparezca cualquier posibilidad de diversidad y libertad futuras. La autocensura del miedo.

Su principal estrategia es la de gritar para acallar y apalear para atemorizar. El temor, el miedo nos llevan derechos a la autocensura previa y ahí estará la meta para ellos; amedrentarte para que no te muestres tal cual eres y para que no sientas la libertad de poder cambiar, cuando quieras, cuando lo necesites, el rumbo de tus ideas y expresarlo con naturalidad. Mirar hacia otro lado y encogernos de hombros, hacer como que nada ha pasado o como que nada grave ha ocurrido nos convertirá en cómplices de nuestra propia represión.