Gemma Jordán Vives

Web de la articulista y escritora

“Carne en caldero”, relato completo.

En un lugar indeterminado pero cercano, en Occidente, en una época indeterminada pero no muy lejana ni en el pasado ni en el futuro, se cocía una extraña ley o costumbre, un convencionalismo social poco a poco, a fuego lento, como se cuecen los cuerpos humanos en calderos humeantes y enormes.

La extraña ley o costumbre ha ido calando durante décadas en esta indeterminada sociedad occidental y sin encontrar apenas resistencia ha sido aceptada por todos los estratos sociales. Aunque como buen colectivo formado por clases, cada una de éstas devora con más o menos refinamiento esta extraña ley o costumbre que se ha cocido.

En pequeñas salas revestidas de madera se decide el cumplimiento de la extraña ley o costumbre. Se da lectura a la Última Carta de cada uno de los futuros cocidos y se cede al afortunado un estuche de trabajada madera con las herramientas y los condimentos necesarios. Más bien, los indicados en la Última Carta. En esas pequeñas salas revestidas de madera se reúne la gente cercana al cocido vestida de negro, llorosa casi siempre pero tristemente reconfortados por cumplir con la extraña ley o costumbre, que en absoluto es antigua ni trasciende la noche de los tiempos, pero que ha arraigado. Muchos no se explican ese arraigo tan fuerte y tan rápido, pero es porque ni se han negado a cumplir con la tradición extraña, ni conocen a nadie que se haya negado; rara vez se da uno de estos casos en los que el que debería ser el cocido, o el que debería ser el fagocitador, se niegan a cumplir con su parte de la extraña ley o costumbre. Cuando esto ocurre, lo que ha de suceder, la sanción que ha de aplicarse si es que se llega a ese caso, se debate y decide todo en unas salas apenas un poco más pequeñas que las de lectura de Última Carta; también revestidas de madera, también con individuos que las ocupan vestidos de riguroso negro. La luz no entra por ninguna ventana y el ambiente puede llegar a ser sofocante hasta el punto de formarse una fina capa de vaho sobre el cristal que recubre las tablas de las mesas. El calor húmedo que produce ese vaho, ese sofocante vapor que huele a fuego lento y condimento, se cuela por las rendijas de la sala. La sala está en una planta superior a las grandes estancias donde los calderos enormes bullen, sin apenas hacer ruido pero haciéndose notar, y esa combinación no ayuda ni a la lectura de las últimas cartas, ni mucho menos al debate sobre cómo hacer cumplir, o sancionar el incumplimiento del cocido.

En una de esas salas de debate o sanción hay hoy sesión extraordinaria. Es extraordinaria porque es rara la vez en la que no se cumple la Última Carta. Alguna vez se da; cuando cocido y fagotizador no se llevaban bien en realidad, cuando sí se trataban pero había demasiadas rencillas sin solucionar entre ellos; cuando el fagocitador era demasiado pequeño para cumplir esa última voluntad, o cuando el cocido no había dejado, voluntaria o involuntariamente, redactada esa Última Carta. La redacción de la Última Carta es obligatoria para todos los mayores de edad espiritual, que en este colectivo del que hablamos se alcanza al cumplir los veinte años. En caso de que el cocido sea menor, son los padres o tutores legales los que deciden el fagocitador, y lo mismo ocurre si el que ha de fagocitar, es menor de la veintena; en ese caso son los padres o tutores los que simbólicamente han de cumplir.

Ese es el caso que ocupa hoy en la sala. Un fagocitador menor de edad que ha de dar buena cuenta de su abuelo; un tutor legal, el tío del fagocitador, al que se le tuercen las tripas y le sube un regusto amargo cuando piensa que es él quien ha de hacerlo en lugar del pequeño, y que incapaz, se niega. Fercoti se llama el fagocitador menor de edad, Vinicio el abuelo cocido, Jaulen el tutor legal y mayor de edad que ha de cumplir lo redactado en la Última Carta en lugar de su sobrino Fercoti. Caldo de chalota y zanahoria con romero y pimienta, la receta elegida por Vinicio.

Pero el vapor que sube de la sala de calderos hasta la que ha de acoger el debate con Jaulen, sube dejando el rastro de otros caldos diferentes mezclados. Champiñones, maíz, rodilla de ternera, zanahoria, cúrcuma, puerro, tomillo, carcasas de pollo y hasta algo de queso. Tantas recetas disponibles como futuros cocidos en el mundo. Y con ningún olor de todos los que le llegan, puede bregar Jaulen, quien desde que de niño se enterara de su futuro una vez fenecido, o de cómo tendría que ayudar, mediante la masticación, al tránsito del alma de algún ser querido, no puede comer nada que no sean batidos nutrientes con olores y sabores sintéticos. Todo lo demás lo expulsa inmediatamente, asqueado, su cuerpo. Los dos años que ha pasado en la guerra en la frontera, alimentándose de esos nutrientes y de otros víveres más insulsos y espartanos, tampoco ayudan a que su estómago se acomode a la idea de este repentino imperativo legal.

Y ahí está, en la sala de debates, sudando, nervioso, esperando ser juzgado; porque ya sabe y tiene claro que va a ser incapaz, que se va a negar a masticar a Vinicio, y que eso le traerá problemas y un final con un castigo difícil. Fercoti está a su lado retorciéndose las manos, y la puerta de madera de la sala se abre para dar paso a los siete hombres que componen el Tribunal contra el que habrá que debatir. Fercoti no podrá decir nada como menor de edad. Vinicio sigue cociéndose entre verduras, pimienta y romero y Jaulen debería contar con un abogado de oficio que llega tarde. También ese retraso en el abogado defensor y guía del fagocitador durante el debate está permitido, no pasará nada si se incorpora a lo largo de la mañana; nada, excepto que el debate del Tribunal contra Jaulen, empieza sin ese abogado, sin que Jaulen sepa para defenderse nada más allá del nombre de la extraña ley o costumbre que, para escándalo y para incomprensión de sus semejantes, está dispuesta a saltarse, sean cuales sean las consecuencias.

El secretario del Tribunal, sentado frente a una pequeña mesa en un nivel más bajo que sus superiores, lee los puntos resumidos del caso “Tribunal de la Última Carta contra el fagocitador Jaulen Mayoral” y tras el leve toque de campanilla del más veterano del Tribunal, se da por comenzada la sesión.

-Señor Jaulen Mayoral, leídos los sucesos que nos han llevado hasta este punto, y por los que se le acusa de querer incumplir con la voluntad que Vinicio Mayoral dejó redactada en su Última Carta, abrimos proceso y tiempo para que exponga las razones de su negativa y las debatamos. Aunque ya sabe que, en ningún momento podrá ganar dicho debate y finalmente será obligado a cumplir con su papel de fagocitador en representación legal de su sobrino Fercoti Mayoral. O duramente castigado por ello, si ni siquiera obligadamente cumple con el mandato de la Última Voluntad. Abrimos el proceso, ¿qué tiene que argumentar a su favor?

Pero Jaulen Mayoral no puede abrir la boca. Solo sudar y respirar silenciosa y entrecortadamente mientras mira desesperado la gran puerta de la sala, esperando que de un momento a otro se abra y entre un abogado de oficio salvador. Nada sucede durante segundos, el teclado del secretario ha dejado de redactar, Fercoti se da mordisquitos en el labio inferior mirando a Jaulen, el Tribunal de la Última Carta mira intensamente al fagocitador y la carne de Vinicio va adquiriendo el habitual color blancuzco de los cocidos. El vapor se concentra cada vez más y la puerta sigue sin abrirse. Jaulen Mayoral siente las arcadas crecer y tiene cada vez más claro cuál va a ser su triste final. El veterano del Tribunal, impaciente, se dispone a azuzarle a hablar de una vez, cuando la manilla de la gran puerta de madera comienza a girar.

-¡Llamada a filas para Jaulen Mayoral! – un mozo mensajero entra a la sala agitando una carta oficial del Ministerio de Fronteras- ¡Llamada a filas para Jaulen Mayoral! ¡El Ministerio reclama su presencia inmediata en los cuarteles delegados del noreste para una actuación defensiva!

Jaulen deja de respirar entrecortadamente y comienza a hacerlo con alivio, casi suspirando. Las Filas Defensivas ya fueron su salvación tres años antes, cuando estaba a punto de acabar con una vida vacía como la que sentía que era la suya, y finalmente se alistó voluntariamente para una acción ofensiva contra la nación enemiga del noreste. Matar realmente no mató, ni ganas que tenía. Pero el horario fijo, las pautas a seguir sin cuestionar y el trabajo contra el objetivo enemigo le otorgaron un orden mental y vital del que, en realidad, siempre había carecido. El final de aquella acción ofensiva significó también el final de aquel paraíso vacío de pensamientos y lleno de acción para él y su cabeza volvió a hervir como carne en caldero, llena de ideas cuestionadoras con el sistema en el que le había tocado vivir, acabando por desear que sus padres nunca se hubieran conocido, nunca hubieran juntado sus vidas y sus cuerpos y nunca hubieran creado a un ser tan fuera de lugar como el que era él.

-Acérquese y deme ese papel – responde el veterano del Tribunal al mozo-.

El mozo mensajero obedece y le entrega la carta. Se retira a un lado, el veterano la lee, una, tal vez dos veces. Mira a Jaulen, y hace que el papel oficial pase por todos los miembros del Tribunal de la Última Carta. Todos asienten y el secretario parece dispuesto a volver a teclear frenéticamente en cualquier momento para dejar redactado para la eternidad todo lo que ocurría y se decidía en aquella sala. El veterano del Tribunal vuelve a dirigirse al mozo mensajero.

-Mozo, acérquele la carta al señor Jaulen Mayoral.

El mozo mensajero está a punto de contestarle y desobedecer: no es ésa su función ni tiene obligación de cumplir órdenes fuera de su reglamento. Le ha dolido también al mozo que el veterano del Tribunal no se lo haya pedido por favor, que haya entonado la orden con la altivez del que da por hecho que desde su posición puede ordenar y conseguir cualquier cosa. Pero se reprime porque sabe que, aún llevando razón, una respuesta como la que quería dar no le traería más que problemas, obstáculos para llegar a su objetivo laboral final: escalar y quemar etapas hasta conseguir ser, como mínimo, un cómodo y resguardado secretario del Tribunal. De cualquiera de los tribunales que rigen el día a día de esta indeterminada pero cercana sociedad. Así que se la acerca a Jaulen Mayoral. Feroti mira a todos con cara de no entender nada, aunque ya tiene edad de empezar a entenderlo todo. Vinicio sigue cociendo su carne, ya completamente blanca y guisada por las capas más externas, en la planta de abajo. Jaulen lee precipitadamente la carta una vez, con un poco más de atención dos veces. Sí, es una llamada a filas para una acción defensiva: sus datos quedaron guardados en la base de acuartelamiento nacional como disponible para ser llamado a actuar en cualquier momento, en cualquier situación y ese momento había llegado. De forma urgente además, así que tal vez esta mala situación bélica por la que de nuevo pasa la nación, sea para él su salvación. Salvación para la sentencia, salvación para no tener que ayudar al alma de Vinicio a transitar hacia un más allá mejor a través del masticado y la digestión. Una tradición intocable más de las muchas que Jaulen nunca ha comprendido, por mucho que su familia en casa y sus profesores de Política Religiosa y Moral se lo intentaron explicar primero, imponer después. Al mozo mensajero tampoco le cuadra esta norma, pero no piensa cuestionarse nada si eso le supone un problema en su escalada profesional. Si alguna vez le toca fagocitar, sabe bien qué sustancia legal, alterada ilegalmente, ha de utilizar para colocarse y cumplir esa última voluntad sin apenas darse cuenta, y listo. Pero Jaulen y el mozo mensajero tienen prohibido hablar entre ellos, así que Jaulen Mayoral nunca podrá averiguar que existe esa vía para pasar el mal trago. Y tampoco el joven Fercoti, que no dice ni palabra porque también ha sentido siempre pavor y repugnancia a que llegase el momento de convertirse en un facilitador del tránsito del alma y ve en esta ocasión, en las mandíbulas de Jaulen, la ocasión de librarse al menos esta vez.

-Si la llamada a filas es urgente, el señor Mayoral ha de partir inmediatamente.

El veterano del Tribunal habla y tiene claro qué es lo que sucede y también parece tener clara su decisión. Pero hay un problema.

-Pero la última voluntad de Vinicio Mayoral está ya marchando – habla el segundo más veterano-, la llamada será urgente y el joven deberá atenderla, pero el cuerpo de su abuelo ya está en el caldero y ha de ser fagocitado. El alma de ese hombre ha de transitar en los plazos.

-Si este debate no se soluciona en plazos y además el joven Jaulen Mayoral se marcha a servir, esto no será posible. Y ya sabemos lo que puede suceder si Vinicio Mayoral no es debidamente fagocitado.

-Su alma no transitará, y podrá tomar los movimientos y hasta la conciencia de aquel que fue inicialmente elegido, es decir, el pequeño Fercoti Mayoral – señala el tercer mayor del Tribunal a Fercoti, que abre los ojos atemorizado ante esa expectativa, todavía sin hablar-.

Jaulen Mayoral pone los ojos en blanco disimuladamente. Si de algo está seguro, es de que esa premisa, esa especie de maldición absurda y socialmente aceptada, no puede nunca hacerse realidad. Pero igual que el mozo mensajero sabía que no podía responder al más veterano de la sala a pesar de tener razón, Jaulen tiene claro que en absoluto, jamás, bajo peligro de morir fagocitado en vivo, puede opinar en esta materia ni cuestionar una creencia como ésa.

Así que solo le queda esperar en silencio a que el Tribunal dilucide qué hacer, con la esperanza de que esa decisión sea la de dar cumplimiento a la llamada urgente para acudir a filas, y no la de comer urgentemente la carne de Vinicio Mayoral para cumplir con su deber, justo antes de responder a esa llamada en los cuarteles para cumplir con su deber. Le resultaría digestiva y moralmente insoportable.

Las capas superficiales de la carne de Vincio Mayoral están empezando a desprenderse y la pimienta y el romero ya suben inundando por completo de ese olor la sala del Tribunal. El mismo Tribunal debate en susurros, el mozo mensajero espera impaciente a que alguien recuerde que ha de firmar la orden de entrega y el secretario aguarda con los dedos sobre el teclado porque no puede oír qué es lo que dicen y qué tiene que teclear. Fercoti y Jaulen se muerden el labio y se retuercen los dedos a la par, con los mismos gestos y la misma fuerza.

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El abogado defensor que debía acudir para ayudar a Jaulen en el debate no ha aparecido todavía y a estas alturas de los hechos, seguramente nunca aparecerá. Jaulen podrá poner una reclamación formal porque uno de sus derechos no habrá sido cubierto ante un Tribunal, pero esa posibilidad la hará cuando el debate haya acabado y la resolución haya sido emitida; está atrapado por todos los costados por las Tradiciones Mayores de la nación. Solo la llamada urgente a filas, que supone un alto servicio, casi sagrado, a esa nación, puede suponer su vía de escape.

– Se da una situación de la que no nos habíamos percatado hasta el momento – interrumpe el debate a susurros y habla en voz alta el miembro más joven de los cinco que componen el Tribunal- Y es que se puede realizar un intercambio de papeles, a tenor de las edades de los dos familiares implicados en este caso.

Las togas moradas y doradas del resto de miembros del Tribunal se remueven incómodas en sus asientos. La incomodidad no viene dada por lo que acaba de pronunciar el más joven de todos, sino por el hecho de que ninguno, ante la disyuntiva que la llegada del mensajero y la llamada a filas para Jaulen había planteado, hubiera pensado rápidamente en esa solución. Finalmente el segundo miembro más veterano del Tribunal toma la palabra

-Está cargado de razón nuestro compañero más joven, que rápidamente ha sabido revisar los datos y llegar a esa conclusión – se gira hacia su izquierda, al miembro más mayor – es por esto por lo que conviene ir introduciendo altos funcionarios más jóvenes a estos cargos: ellos cuentan con menos experiencia pero tienen más velocidad de pensamiento y resolución.

El miembro más veterano resopla levantando el mentón para encajar el golpe. El segundo más mayor es el único a dirigirse a él de esa forma, y tiene razón, pero verse corregido en público no es algo que agrade a una de las Autoridades más antiguas de la nación en cuestiones de Política Religiosa y Moral. El secretario escribe a toda prisa las últimas palabras pronunciadas y el miembro más veterano le fulmina con la mirada: esa enmienda pública quedará registrada y tras recibir la mirada, el secretario sabe que por cumplir a rajatabla con su trabajo, a partir de ese día, verá bajar día tras día su escalafón profesional.

-¿Qué están queriendo decir? – abre la boca por primera vez Jaulen Mayoral.

-Recuerden que han de firmarme la orden de entrega – levanta la mano y habla impacienta el mensajero oficial, que espera reclinado en una mesa auxiliar.

-Usted guarde silencio y tenga paciencia – le responde el miembro mayor- Queremos decir – se dirige ahora con voz, mirada y cuerpo a Fercoti y Jaulen Mayoral-, que Fercoti no ha alcanzado la mayoría de edad espiritual para fagocitar, pero con sus dieciocho recién cumplidos, sí ha alcanzado la mayoría de edad física e intelectual requeridas para servir en filas.

Fercoti abre sus ojos hasta que los globos casi salen de sus órbitas y comienza a susurrar obsesivamente algo que no se entiende qué es.

-Por tanto – continua sentenciando el tercero -, ante un caso tan excepcional como este, en el que el fagocitador suplente recibe una llamada a filas urgente cuando el cuerpo de su antepasado está ya en el caldero, casi listo para servirse y comenzar a transitar hasta el Nivel Superior, puede darse una resolución excepcional.

-Así es – habla por primera vez el cuarto miembro del Tribunal- Por Resolución Moral y Autoridad podemos concluir que Jaulen sea el suplente de Fercoti y Fercoti el de Jaulen en las funciones que a cada uno de ellos se les ha requerido.

-Muy salomónico todo – se ríe para sí mismo el mensajero, que está alucinando mientras asiste a una Resolución casi histórica-.

-¡No pueden hacerme eso! – Fercoti ha saltado por encima de la bancada y de la mesa y se dirige, puños apretados, rojo de rabia, hacia el estrado del Tribunal. Dos Seguridades, vestidos con uniforme completamente negro y guantes y pasamontañas grises, salen veloces de la nada y le agarran de los brazos, retorciéndoselos hacia detrás para contenerlo, pero él sigue caminando decidido hacia un Tribunal asustado bajo sus togas y sus años de Resoluciones – ¡No pueden hacer eso! ¡Contravienen las Reglas sobre las que se fundó esta nación, y contravienen a mi inocencia poblacional! – Fercoti sigue retorciéndose, si le dejaran suelto, ahogaría uno por uno a los miembros del Tribunal-.

Jaulen observa, como si viera un fantasma o una alucinación, a su tutorizado. Nunca imaginó esa rabia y esa fuerza en él. Al parecer, Fercoti había crecido mucho en los tres años en los que Jaulen estuvo sirviendo en el Frente, pero había perdido también toda la cautela que tenía cuando lo dejó en su casa.

-Pues con esa fuerza nadie diría que no está preparado – vuelve a murmurar para sí mismo el mensajero.

-¡Yo quiero servir a mi nación! – Salta a la defensiva Jaulen Mayoral-.

-¡Pero yo no quiero fagocitar! – Responde Fercoti. Los dos se miran con odio. El más joven sigue retorciéndose y, mientras el secretario escribe todo, el Tribunal da a los Seguridades la señal para que tengan preparada la pistola taser para contener a los dos Mayoral.

-Tienen que firmarme la orden de entrega, hay más mensajes que he de entregar.

-¡Que se calle le han dicho!- responde el quinto miembro del Tribunal, venido arriba, al mensajero, que suspira con rabia y se muerde la lengua.

-Usted lo que no quiere es cumplir con ninguna de sus responsabilidades con su Estirpe y su Nación – dedo acusador del segundo miembro del Tribunal hacia Fercoti – y usted solo quiere ir al Frente para librarse de ayudar a su tío a transitar.

Se abre de nuevo la puerta de la sala, Jaulen y Fercoti miran desesperados, deseando que un abogado de oficio, para cualquiera de los dos, entre de una vez. En su lugar, accede a la sala sudoroso, con una chaquetilla negra y un mandil a rayas, un Cocedor. Uno de los encargados de cocinar en los gigantescos calderos las voluntades redactadas en las Últimas Cartas.

-Perdonen la interrupción, Señorías Autoridades, pero no puedo retrasar más la cocción definitiva de Vinicio Mayoral – mira de reojo a Jaulen y a Fercoti, que siguen resoplando y retorciéndose entre los Seguridades que los retienen- Está en ese punto de cocinado en que hay que aumentar el fuego para que la carne se cocine sin separarse ni deshilacharse. Es necesario que tomen la decisión ahora, en dos minutos como mucho, o el recipiente del alma de Vinicio no podrá fagocitarse y no podrá transitar.

-¿Qué sucedería entonces con su alma, con su fantasma? – pregunta el cuarto miembro del Tribunal.

-No se ha dado nunca un caso así, ni siquiera creo que esté estipulado en las Reglas – responde el segundo. Mientras el quinto, raudo, está buscando ya entre la normativa si se contempla tal excepción.

-¡Jaulen! ¡Cómete ya al abuelo Vinicio y deja de intentar escaquearte, es lo mejor para todos!

-¡Es lo mejor para ti!

-Tampoco lo crea, que habrá de ir al Frente – interrumpe el tercer miembro del Tribunal a tío y sobrino.

-¡Basta! – intenta poner orden el primer miembro.

-Se lo ruego señores, ¡fírmenme la entrega! – ruega harto el mensajero.

-¡Silencio! – Vuelve a hablar el primer miembro, desabrochándose el primer botón de la toga, gesto que imitan los otros cuatro. El secretario mantiene expectante sus dedos sobre el teclado- Como Autoridad primera y superior de este Tribunal de la Última Carta, he de tomar la decisión, y creo que mis cuatro compañeros me secundarán – les mira, los cuatro asienten. Fercoti llora, Jaulen intenta contenerse el llanto. Las pistolas taser a la espera de atacarles ante cualquier movimiento brusco. Jaulen mira al mensajero, que se encoje de hombros. Un sobre con billetes empieza a quemarle en su bolsillo- Ante la premura de los tiempos de cocción y una situación tan excepcional como ésta, sentencio: que siguiendo las Reglas sobre fagocitación y facilitación del tránsito del alma de esta gloriosa nación al siguiente nivel, sea el tutor de Fercoti Mayoral, Jaulen Mayoral, quien, dada su mayoría de edad espiritual, se encargue de fagocitar el cuerpo de Vinicio Mayoral – una pausa para mirar a Jaulen, que se limita a respirar pesadamente con la cabeza gacha, resignado-. Y que dada su condición de mayoría de edad física e intelectual, sustituya durante cinco jornadas a Jaulen Mayoral en el Frente ante esta llamada urgente.

-¡Que no, joder! – Fercoti vuelve a quejarse y, a la señal del Tribunal, una taser le da un pequeño toque de advertencia, lo que hace que se calle. El Cocedor, satisfecho, abandona la sala para acabar de darle el último toque al cuerpo.

-No he terminado – advierte el mayor del Tribunal- Además, ante la resistencia y la reticencia mostradas por ambos miembros de la familia Mayoral a cumplir con su Estirpe y su Nación, ambos recibirán dos castigos ejemplares: a Jaulen Mayoral se le suministrará la carne de Vinicio mediante un embudo, bajo advertencia de cinco latigazos cada vez que muestre resistencia de nuevo – Jaulen rompe a llorar. No era el peor castigo posible, pero sí uno de los más temidos y asquerosos que esperaba sufrir- Fercoti, por su parte, viajará inmediatamente al Frente y allí se levantará todos los días una hora antes que sus compañeros y se acostará una hora después, para preparar los desayunos por la mañana y limpiar letrinas y duchas al acabar el día – Fercoti no da respuesta, la pistola taser le ha dejado fuera de juego- Además, dormirá en las cuadras con los caballos y, en caso de combate, formará parte siempre de la vanguardia.

El Tribunal asiente satisfecho ante tal brillante Resolución ejemplar. Todo marcha, todo vuelve a su cauce. Los Seguridades se llevan casi a rastras a un Fercoti Mayoral que ni siquiera se ha enterado de a qué ha sido sentenciado. Jaulen abandona la sala arrastrando los pies, cabizbajo, derrotado y temeroso. “Completamente desproporcionado, completamente desproporcionado…” repite una y otra vez, murmurando para sí. Pasa al lado del mensajero y le lanza un vistazo fugaz, “Completamente desproporcionado…” Sintiéndose mal consigo mismo y pesaroso con Jaulen, rápidamente se palpa el bolsillo y, de debajo de ese sobre lleno de billetes que finalmente no ha servido para nada, saca una pequeña ampolla con un líquido azul, metiéndosela en el bolsillo. Le hace una mirada a Jaulen para avisarle, mientras este vuelve a agachar la cabeza y sigue murmurando su frase.

El Tribunal y el Secretario han abandonado la sala de Últimas Cartas por unos portones de madera disimulados en la parte tras el estrado, y el mensajero, estupefacto ante lo que acaba de vivir, se sienta en una bancada, agradeciendo no estar dispuesto a cuestionar ni plantar cara, y sí a medrar y mercadear para escalar. Cae en la cuenta de que finalmente nadie le ha firmado la nota de entrega. Resopla y se rasca la frente, sabiendo que no puede reclamar nada y que este envío se le descontará de su pírrico sueldo, por mucho que los hechos demuestren que cumplió con su tarea.

Solo su respiración se oye cuando la puerta se abre rápidamente, casi golpeando la pared, y tras ella entra en la sala un joven con traje negro y corbata y maletín gris. Jadea, suda y aterrado mira la sala vacía. Echa un vistazo a su reloj, camina por la sala, la mira como para asegurarse que está vacía y vuelve a mirar a su reloj.

-¿Ésta es la sala de debates sobra la Última Carta? – le pregunta al mensajero sin más.

-Aquí es.

-Soy el abogado de oficio de Jaulen Mayoral.

-Tarde, la Resolución ya ha sido emitida, y telita con ella. Le aconsejo que revise mañana el Boletín.

-¡Mierda! ¡Otra vez tarde a una vista! Me van a echar del Colegio…

El abogado defensor camina para salir de la sala y al pasar a su lado el mensajero le retiene del brazo.

-¡Eh oiga! Al menos eche un garabato tonto en esta nota de entrega – el abogado le mira espantado-, no es para tanto. Haga algo útil hoy.

FIN

Carne en caldero, parte 3

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(…) El abogado defensor que debía acudir para ayudar a Jaulen en el debate no ha aparecido todavía y a estas alturas de los hechos, seguramente nunca aparecerá. Jaulen podrá poner una reclamación formal porque uno de sus derechos no habrá sido cubierto ante un Tribunal, pero esa posibilidad la hará cuando el debate haya acabado y la resolución haya sido emitida; está atrapado por todos los costados por las Tradiciones Mayores de la nación. Solo la llamada urgente a filas, que supone un alto servicio, casi sagrado, a esa nación, puede suponer su vía de escape.

– Se da una situación de la que no nos habíamos percatado hasta el momento – interrumpe el debate a susurros y habla en voz alta el miembro más joven de los cinco que componen el Tribunal- Y es que se puede realizar un intercambio de papeles, a tenor de las edades de los dos familiares implicados en este caso.

Las togas moradas y doradas del resto de miembros del Tribunal se remueven incómodas en sus asientos. La incomodidad no viene dada por lo que acaba de pronunciar el más joven de todos, sino por el hecho de que ninguno, ante la disyuntiva que la llegada del mensajero y la llamada a filas para Jaulen había planteado, hubiera pensado rápidamente en esa solución. Finalmente el segundo miembro más veterano del Tribunal toma la palabra

-Está cargado de razón nuestro compañero más joven, que rápidamente ha sabido revisar los datos y llegar a esa conclusión – se gira hacia su izquierda, al miembro más mayor – es por esto por lo que conviene ir introduciendo altos funcionarios más jóvenes a estos cargos: ellos cuentan con menos experiencia pero tienen más velocidad de pensamiento y resolución.

El miembro más veterano resopla levantando el mentón para encajar el golpe. El segundo más mayor es el único a dirigirse a él de esa forma, y tiene razón, pero verse corregido en público no es algo que agrade a una de las Autoridades más antiguas de la nación en cuestiones de Política Religiosa y Moral. El secretario escribe a toda prisa las últimas palabras pronunciadas y el miembro más veterano le fulmina con la mirada: esa enmienda pública quedará registrada y tras recibir la mirada, el secretario sabe que por cumplir a rajatabla con su trabajo, a partir de ese día, verá bajar día tras día su escalafón profesional.

-¿Qué están queriendo decir? – abre la boca por primera vez Jaulen Mayoral.

-Recuerden que han de firmarme la orden de entrega – levanta la mano y habla impacienta el mensajero oficial, que espera reclinado en una mesa auxiliar.

-Usted guarde silencio y tenga paciencia – le responde el miembro mayor- Queremos decir – se dirige ahora con voz, mirada y cuerpo a Fercoti y Jaulen Mayoral-, que Fercoti no ha alcanzado la mayoría de edad espiritual para fagocitar, pero con sus dieciocho recién cumplidos, sí ha alcanzado la mayoría de edad física e intelectual requeridas para servir en filas.

Fercoti abre sus ojos hasta que los globos casi salen de sus órbitas y comienza a susurrar obsesivamente algo que no se entiende qué es.

-Por tanto – continua sentenciando el tercero -, ante un caso tan excepcional como este, en el que el fagocitador suplente recibe una llamada a filas urgente cuando el cuerpo de su antepasado está ya en el caldero, casi listo para servirse y comenzar a transitar hasta el Nivel Superior, puede darse una resolución excepcional.

-Así es – habla por primera vez el cuarto miembro del Tribunal- Por Resolución Moral y Autoridad podemos concluir que Jaulen sea el suplente de Fercoti y Fercoti el de Jaulen en las funciones que a cada uno de ellos se les ha requerido.

-Muy salomónico todo – se ríe para sí mismo el mensajero, que está alucinando mientras asiste a una Resolución casi histórica-.

-¡No pueden hacerme eso! – Fercoti ha saltado por encima de la bancada y de la mesa y se dirige, puños apretados, rojo de rabia, hacia el estrado del Tribunal. Dos Seguridades, vestidos con uniforme completamente negro y guantes y pasamontañas grises, salen veloces de la nada y le agarran de los brazos, retorciéndoselos hacia detrás para contenerlo, pero él sigue caminando decidido hacia un Tribunal asustado bajo sus togas y sus años de Resoluciones – ¡No pueden hacer eso! ¡Contravienen las Reglas sobre las que se fundó esta nación, y contravienen a mi inocencia poblacional! – Fercoti sigue retorciéndose, si le dejaran suelto, ahogaría uno por uno a los miembros del Tribunal-.

Jaulen observa, como si viera un fantasma o una alucinación, a su tutorizado. Nunca imaginó esa rabia y esa fuerza en él. Al parecer, Fercoti había crecido mucho en los tres años en los que Jaulen estuvo sirviendo en el Frente, pero había perdido también toda la cautela que tenía cuando lo dejó en su casa.

-Pues con esa fuerza nadie diría que no está preparado – vuelve a murmurar para sí mismo el mensajero.

-¡Yo quiero servir a mi nación! – Salta a la defensiva Jaulen Mayoral-.

-¡Pero yo no quiero fagocitar! – Responde Fercoti. Los dos se miran con odio. El más joven sigue retorciéndose y, mientras el secretario escribe todo, el Tribunal da a los Seguridades la señal para que tengan preparada la pistola taser para contener a los dos Mayoral.

-Tienen que firmarme la orden de entrega, hay más mensajes que he de entregar.

-¡Que se calle le han dicho!- responde el quinto miembro del Tribunal, venido arriba, al mensajero, que suspira con rabia y se muerde la lengua.

-Usted lo que no quiere es cumplir con ninguna de sus responsabilidades con su Estirpe y su Nación – dedo acusador del segundo miembro del Tribunal hacia Fercoti – y usted solo quiere ir al Frente para librarse de ayudar a su tío a transitar.

Se abre de nuevo la puerta de la sala, Jaulen y Fercoti miran desesperados, deseando que un abogado de oficio, para cualquiera de los dos, entre de una vez. En su lugar, accede a la sala sudoroso, con una chaquetilla negra y un mandil a rayas, un Cocedor. Uno de los encargados de cocinar en los gigantescos calderos las voluntades redactadas en las Últimas Cartas.

-Perdonen la interrupción, Señorías Autoridades, pero no puedo retrasar más la cocción definitiva de Vinicio Mayoral – mira de reojo a Jaulen y a Fercoti, que siguen resoplando y retorciéndose entre los Seguridades que los retienen- Está en ese punto de cocinado en que hay que aumentar el fuego para que la carne se cocine sin separarse ni deshilacharse. Es necesario que tomen la decisión ahora, en dos minutos como mucho, o el recipiente del alma de Vinicio no podrá fagocitarse y no podrá transitar.

-¿Qué sucedería entonces con su alma, con su fantasma? – pregunta el cuarto miembro del Tribunal.

-No se ha dado nunca un caso así, ni siquiera creo que esté estipulado en las Reglas – responde el segundo. Mientras el quinto, raudo, está buscando ya entre la normativa si se contempla tal excepción.

-¡Jaulen! ¡Cómete ya al abuelo Vinicio y deja de intentar escaquearte, es lo mejor para todos!

-¡Es lo mejor para ti!

-Tampoco lo crea, que habrá de ir al Frente – interrumpe el tercer miembro del Tribunal a tío y sobrino.

-¡Basta! – intenta poner orden el primer miembro.

-Se lo ruego señores, ¡fírmenme la entrega! – ruega harto el mensajero.

-¡Silencio! – Vuelve a hablar el primer miembro, desabrochándose el primer botón de la toga, gesto que imitan los otros cuatro. El secretario mantiene expectante sus dedos sobre el teclado- Como Autoridad primera y superior de este Tribunal de la Última Carta, he de tomar la decisión, y creo que mis cuatro compañeros me secundarán – les mira, los cuatro asienten. Fercoti llora, Jaulen intenta contenerse el llanto. Las pistolas taser a la espera de atacarles ante cualquier movimiento brusco. Jaulen mira al mensajero, que se encoje de hombros. Un sobre con billetes empieza a quemarle en su bolsillo- Ante la premura de los tiempos de cocción y una situación tan excepcional como ésta, sentencio: que siguiendo las Reglas sobre fagocitación y facilitación del tránsito del alma de esta gloriosa nación al siguiente nivel, sea el tutor de Fercoti Mayoral, Jaulen Mayoral, quien, dada su mayoría de edad espiritual, se encargue de fagocitar el cuerpo de Vinicio Mayoral – una pausa para mirar a Jaulen, que se limita a respirar pesadamente con la cabeza gacha, resignado-. Y que dada su condición de mayoría de edad física e intelectual, sustituya durante cinco jornadas a Jaulen Mayoral en el Frente ante esta llamada urgente.

-¡Que no, joder! – Fercoti vuelve a quejarse y, a la señal del Tribunal, una taser le da un pequeño toque de advertencia, lo que hace que se calle. El Cocedor, satisfecho, abandona la sala para acabar de darle el último toque al cuerpo.

-No he terminado – advierte el mayor del Tribunal- Además, ante la resistencia y la reticencia mostradas por ambos miembros de la familia Mayoral a cumplir con su Estirpe y su Nación, ambos recibirán dos castigos ejemplares: a Jaulen Mayoral se le suministrará la carne de Vinicio mediante un embudo, bajo advertencia de cinco latigazos cada vez que muestre resistencia de nuevo – Jaulen rompe a llorar. No era el peor castigo posible, pero sí uno de los más temidos y asquerosos que esperaba sufrir- Fercoti, por su parte, viajará inmediatamente al Frente y allí se levantará todos los días una hora antes que sus compañeros y se acostará una hora después, para preparar los desayunos por la mañana y limpiar letrinas y duchas al acabar el día – Fercoti no da respuesta, la pistola taser le ha dejado fuera de juego- Además, dormirá en las cuadras con los caballos y, en caso de combate, formará parte siempre de la vanguardia.

El Tribunal asiente satisfecho ante tal brillante Resolución ejemplar. Todo marcha, todo vuelve a su cauce. Los Seguridades se llevan casi a rastras a un Fercoti Mayoral que ni siquiera se ha enterado de a qué ha sido sentenciado. Jaulen abandona la sala arrastrando los pies, cabizbajo, derrotado y temeroso. “Completamente desproporcionado, completamente desproporcionado…” repite una y otra vez, murmurando para sí. Pasa al lado del mensajero y le lanza un vistazo fugaz, “Completamente desproporcionado…” Sintiéndose mal consigo mismo y pesaroso con Jaulen, rápidamente se palpa el bolsillo y, de debajo de ese sobre lleno de billetes que finalmente no ha servido para nada, saca una pequeña ampolla con un líquido azul, metiéndosela en el bolsillo. Le hace una mirada a Jaulen para avisarle, mientras este vuelve a agachar la cabeza y sigue murmurando su frase.

El Tribunal y el Secretario han abandonado la sala de Últimas Cartas por unos portones de madera disimulados en la parte tras el estrado, y el mensajero, estupefacto ante lo que acaba de vivir, se sienta en una bancada, agradeciendo no estar dispuesto a cuestionar ni plantar cara, y sí a medrar y mercadear para escalar. Cae en la cuenta de que finalmente nadie le ha firmado la nota de entrega. Resopla y se rasca la frente, sabiendo que no puede reclamar nada y que este envío se le descontará de su pírrico sueldo, por mucho que los hechos demuestren que cumplió con su tarea.

Solo su respiración se oye cuando la puerta se abre rápidamente, casi golpeando la pared, y tras ella entra en la sala un joven con traje negro y corbata y maletín gris. Jadea, suda y aterrado mira la sala vacía. Echa un vistazo a su reloj, camina por la sala, la mira como para asegurarse que está vacía y vuelve a mirar a su reloj.

-¿Ésta es la sala de debates sobra la Última Carta? – le pregunta al mensajero sin más.

-Aquí es.

-Soy el abogado de oficio de Jaulen Mayoral.

-Tarde, la Resolución ya ha sido emitida, y telita con ella. Le aconsejo que revise mañana el Boletín.

-¡Mierda! ¡Otra vez tarde a una vista! Me van a echar del Colegio…

El abogado defensor camina para salir de la sala y al pasar a su lado el mensajero le retiene del brazo.

-¡Eh oiga! Al menos eche un garabato tonto en esta nota de entrega – el abogado le mira espantado-, no es para tanto. Haga algo útil hoy.

Cómplices del miedo

Si les dejamos volver a extender su credo, no sólo seremos cómplices de ver atacada la diversidad y la libertad presentes; también lo seremos de que desaparezca cualquier posibilidad de diversidad y libertad futuras. La autocensura del miedo.

Ahora que las movilizaciones en la calle se han parado un poco aunque no lo haya hecho el tema que las motivan, y una semana después de lo sucedido en la manifestación de la tarde del 9 de octubre, voy a contar aquí algo que me pasó hace mucho tiempo y de lo que nunca hablo: me refiero a la primera vez que me crucé con fascistas de los de verdad. Fue hace mínimo diez años, en la gasolinera de mi pueblo. No me hicieron nada, ni discutimos, ni cruzamos una palabra entre nosotros, pero sí que fue la primera vez que, de sopetón, me quedó clara su ideología y cómo distinguirlos.

Las pintas les delataban desde lejos; pantalones apretados y oscuros, pelo muy corto, marcando un poco de músculo (tampoco eran unos cachas) y camisetas con estampado militar que rezaban lo siguiente en el pecho: “España somos nosotros”. Puñetazo a mi cerebro. ¿Perdona? ¿Como que España son ellos? Y el resto, ¿qué? Fue lo que mi masa gris pensó. Porque yo era, y soy, lo completamente opuesto a ellos y a lo que su imagen exterior vendía, y también formaba parte de España. Y entonces, aún jovencita que era, caí en la cuenta de lo que querían y siguen queriendo decir. España es una, la que ellos tienen conformada en su cabeza, y no hay espacio ni oportunidad para más. No voy a gastar más letras de la cuenta en describirla, pero es una España gris y autoritaria que persigue una pureza y un orden imposibles y antinaturales, que solo se consiguen a base de apartar y machacar. Por eso, si te sales de esa regla, mereces ser humillado, machacado y apartado.

Esa España gris formada por seres machacados y seres “machacadores” es el motivo por el que como sociedad deberíamos ser aún más precavidos con aquello permitir y justificar sus ideales y sus acciones. O con lo de quedar al margen, callar y no denunciarlas. Porque en algún momento, a ti, que no eres independentista, que te da un poco igual el tema de los nacionalismos, que no eres homosexual ni transgénero; a ti, que no te da por opinar sobre política o sobre gestión pública ni en la calle ni en las redes, que no perteneces a ningún sindicato ni participas en huelgas; a ti, que no tienes ninguna filiación ideológica concreta y lo único que quieres es que te dejen hacer tu vida tranquilo, a ti, a por ti, también podrán ir si se les cruza en la mollera que te sales del camino que ellos han marcado. Si no es a por ti, podrán ir a por alguno de tus hijos, o de tus mejores amigos, o de tus hermanos. Les podrá dar por boicotear a tu empresa o, sencillamente, mientras paseas un día por la calle, harán que te sientas inseguro si te cruzas con una de sus cacerías, o sus desfiles, en los que muestran todo su ordenado, físico y atemorizador potencial.

En el orden preestablecido que rige sus cabezas y que quieren que rija esa España que, según ellos, sólo ellos conforman, no hay sitio para la disensión ni para la divergencia. Si les dejamos volver a extender su credo, no sólo seremos cómplices de ver atacada la diversidad y la libertad presentes; también lo seremos de que desaparezca cualquier posibilidad de diversidad y libertad futuras. La autocensura del miedo.

Su principal estrategia es la de gritar para acallar y apalear para atemorizar. El temor, el miedo nos llevan derechos a la autocensura previa y ahí estará la meta para ellos; amedrentarte para que no te muestres tal cual eres y para que no sientas la libertad de poder cambiar, cuando quieras, cuando lo necesites, el rumbo de tus ideas y expresarlo con naturalidad. Mirar hacia otro lado y encogernos de hombros, hacer como que nada ha pasado o como que nada grave ha ocurrido nos convertirá en cómplices de nuestra propia represión.

Carne en caldero, parte 2

PARTE 2: UN FACTOR EXTERNO PARA VARIAR EL PROCESO.

-¡Llamada a filas para Jaulen Mayoral! – un mozo mensajero entra a la sala agitando una carta oficial del Ministerio de Fronteras- ¡Llamada a filas para Jaulen Mayoral! ¡El Ministerio reclama su presencia inmediata en los cuarteles delegados del noreste para una actuación defensiva!

Jaulen deja de respirar entrecortadamente y en cambio comienza a hacerlo con alivio, casi suspirando. Las Filas Defensivas ya fueron su salvación dos años antes, cuando estaba a punto de acabar con una vida vacía como la que sentía que era la suya, y finalmente se alistó voluntariamente para una acción ofensiva contra la nación enemiga del noreste. Matar realmente no mató, ni ganas que tenía. Pero el horario fijo, las pautas a seguir sin cuestionar y el trabajo contra el objetivo enemigo le otorgaron un orden mental y vital del que, en realidad, siempre había carecido. El final de aquella acción ofensiva significó también el final de aquel paraíso vacío de pensamientos y lleno de acción para él, y su cabeza volvió a hervir como carne en caldero, llena de ideas cuestionadoras con el sistema en el que le había tocado vivir, acabando por desear que sus padres nunca se hubieran conocido, nunca hubieran juntado sus vidas y sus cuerpos, y nunca hubieran creado a un ser tan fuera de lugar como él.-

Acérquese y deme ese papel – responde el veterano del Tribunal al mozo-.

El mozo mensajero obedece y le entrega la carta. Se retira a un lado, el veterano la lee, una, tal vez dos veces. Mira a Jaulen, y hace que el papel oficial pase por todos los miembros del Tribunal de la Última Carta. Todos asienten y el secretario parece dispuesto a volver a teclear frenéticamente en cualquier momento para dejar redactado para la eternidad todo lo que ocurría y se decidía en aquella sala. El veterano del Tribunal vuelve a dirigirse al mozo mensajero.

-Mozo, acérquele la carta al señor Jaulen Mayoral.

El mozo mensajero está a punto de contestarle y desobedecer: no es ésa su función ni tiene obligación de cumplir órdenes fuera de su reglamento. Le ha dolido también al mozo que el veterano del Tribunal no se lo haya pedido por favor, que haya entonado la orden con la altivez del que da por hecho que desde su posición puede ordenar y conseguir cualquier cosa. Pero se reprime porque sabe que, aún llevando razón, una respuesta como la que quería dar no le traería más que problemas, obstáculos para llegar a su objetivo laboral final: escalar y quemar etapas hasta conseguir ser, como mínimo, un cómodo y resguardado secretario del Tribunal. De cualquiera de los tribunales que rigen el día a día de esta indeterminada pero cercana sociedad. Así que se la acerca a Jaulen Mayoral. Feroti mira a todos con cara de no entender nada, aunque ya tiene edad de empezar a entenderlo todo. Vinicio sigue cociendo su carne, ya completamente blanca y guisada por las capas más externas, en la planta de abajo. Jaulen lee precipitadamente la carta una vez, con un poco más de atención dos. Sí, es una llamada a filas para una acción defensiva: sus datos quedaron guardados en la base de acuartelamiento nacional como disponible para ser llamado a actuar en cualquier momento, en cualquier situación, y ese momento ha llegado. De forma urgente además, así que tal vez esta mala situación bélica por la que de nuevo pasa la nación, sea para él su salvación. Salvación para la sentencia, salvación para tener que ayudar al alma de Vinicio a transitar hacia un más allá mejor a través del masticado y la digestión. Una tradición intocable más de las muchas que Jaulen nunca ha comprendido, por mucho que su familia en casa y sus profesores de Política Religiosa y Moral se lo intentaron explicar primero, imponer después. Al mozo mensajero tampoco le cuadra esta norma, pero no piensa cuestionarse nada si eso le supone un problema en su escalada profesional. Si alguna vez le toca fagotizar, sabe bien qué sustancia legal, alterada ilegalmente, ha de utilizar para colocarse y cumplir esa última voluntad sin apenas darse cuenta, y listo. Pero Jaulen y el mozo mensajero tienen prohibido hablar entre ellos, así que Jaulen Mayoral nunca podrá averiguar que existe esa vía para pasar el mal trago. Y tampoco el joven Feroti, que no dice ni palabra porque también ha sentido siempre pavor y repugnancia a que llegase el momento de convertirse en un facilitador del tránsito del alma y ve en esta ocasión, en las mandíbulas de Jaulen, la ocasión de librarse al menos esta vez.

-Si la llamada a filas es urgente, el señor Mayoral ha de partir inmediatamente.

El veterano del Tribunal habla y tiene claro qué es lo que sucede y también parece tener clara su decisión. Pero hay un problema.

-Pero la última voluntad de Vinicio Mayoral está ya marchando – habla el segundo más veterano-, la llamada será urgente y el joven deberá atenderla, pero el cuerpo de su abuelo ya está en el caldero y ha de ser fagocitado. El alma de ese hombre ha de transitar en los plazos.

-Si este debate no se soluciona en plazos y además el joven Jaulen Mayoral se marcha a servir, esto no será posible. Y ya sabemos lo que puede suceder si Vinicio Mayoral no es debidamente fagocitado.

-Su alma no transitará, y podrá tomar los movimientos y hasta la conciencia de aquel que fue inicialmente elegido, es decir, el pequeño Feroti Mayoral – señala el tercer mayor del Tribunal a Feroti, que abre los ojos atemorizado ante esa expectativa, todavía sin hablar-.

Jaulen Mayoral pone los ojos en blanco disimuladamente. Si de algo está seguro, es de que esa premisa, esa especie de maldición absurda y socialmente aceptada, no puede nunca hacerse realidad. Pero igual que el mozo mensajero sabía que no podía responder al más veterano de la sala a pesar de tener razón, Jaulen tiene claro que en absoluto, jamás, bajo peligro de morir fagotizado en vivo, puede opinar en esta materia ni cuestionar una creencia como ésa.

Así que solo le queda esperar en silencio a que el Tribunal dilucide qué hacer, con la esperanza de que esa decisión sea la de dar cumplimiento a la llamada urgente para acudir a filas, y no la de comer urgentemente la carne de Vinicio Mayoral para cumplir con su deber, justo antes de responder a esa llamada en los cuarteles para cumplir con su deber. Le resultaría digestiva y moralmente insoportable.

Las capas superficiales de la carne de Vincio Mayoral están empezando a desprenderse y la pimienta y el romero ya suben inundando por completo de ese olor la sala del Tribunal. El mismo Tribunal debate en susurros, el mozo mensajero espera impaciente a que alguien recuerde que ha de firmar la orden de entrega y el secretario aguarda con los dedos sobre el teclado porque no puede oír qué es lo que dicen y qué tiene que teclear. Feroti y Jaulen se muerden el labio y se retuercen los labios a la par, con los mismos gestos y la misma fuerza. El abogado defensor que debía acudir para ayudar a Jaulen en el debate no ha aparecido todavía y de nuevo, entre el tenso silencio, se cuela el sonido del pomo de la puerta de la sala girar.

Carne en caldero, parte 1

PARTE 1: RESUMEN DEL CASO Y APERTURA DEL PROCESO

En un lugar indeterminado pero cercano, en Occidente, en una época indeterminada pero no muy lejana ni en el pasado ni en el futuro, se cocía una extraña ley o costumbre, un convencionalismo social poco a poco, a fuego lento, como se cuecen los cuerpos humanos en calderos humeantes y enormes.
La extraña ley o costumbre ha ido calando durante décadas en esta indeterminada sociedad occidental y sin encontrar apenas resistencia ha sido aceptada por todos los estratos sociales. Aunque como buen colectivo formado por clases, cada una de éstas devora con más o menos refinamiento esta extraña ley o costumbre que se ha cocido.
En pequeñas salas revestidas de madera se decide el cumplimiento de la extraña ley o costumbre. Se da lectura a la Última Carta de cada uno de los futuros cocidos y se cede al afortunado un estuche de trabajada madera con las herramientas y los condimentos necesarios. Más bien, los indicados en la Última Carta. En esas pequeñas salas revestidas de madera se reúne la gente cercana al cocido vestida de negro, llorosa casi siempre pero tristemente reconfortados por cumplir con la extraña ley o costumbre, que en absoluto es antigua ni trasciende la noche de los tiempos, pero que ha arraigado. Muchos no se explican ese arraigo tan fuerte y tan rápido, pero es porque ni se han negado a cumplir con la tradición extraña, ni conocen a nadie que se haya negado; rara vez se da uno de estos casos en los que el que debería ser el cocido, o el que debería ser el fagotizador, se niegan a cumplir con su parte de la extraña ley o costumbre. Cuando esto ocurre, lo que ha de suceder, la sanción que ha de aplicarse si es que se llega a ese caso, se debate y decide todo en unas salas apenas un poco más pequeñas que las de lectura de Última Carta; también revestidas de madera, también con individuos que las ocupan vestidos de riguroso negro. La luz no entra por ninguna ventana y el ambiente puede llegar a ser sofocante hasta el punto de formarse una fina capa de vaho sobre el cristal que recubre las tablas de las mesas. El calor húmedo que produce ese vaho, ese sofocante vapor que huele a fuego lento y condimento, se cuela por las rendijas de la sala. La sala está en una planta superior a las grandes estancias donde los calderos enormes bullen, sin apenas hacer ruido pero haciéndose notar, y esa combinación no ayuda ni a la lectura de las últimas cartas, ni mucho menos al debate sobre cómo hacer cumplir, o sancionar el incumplimiento del cocido.
En una de esas salas de debate o sanción hay hoy sesión extraordinaria. Es extraordinaria porque es rara la vez en la que no se cumple la Última Carta. Alguna vez se da; cuando cocido y fagotizador no se llevaban bien en realidad, cuando sí se trataban pero había demasiadas rencillas sin solucionar entre ellos; cuando el fagotizador era demasiado pequeño para cumplir esa última voluntad, o cuando el cocido no había dejado, voluntaria o involuntariamente, redactada esa Última Carta. La redacción de la Última Carta es obligatoria para todos los mayores de edad, que en este colectivo del que hablamos se alcanza al cumplir los veinte años. En caso de que el cocido sea menor, son los padres o tutores legales los que deciden el fagotizador, y lo mismo ocurre si el que ha de fagotizar, es menor de la veintena; en ese caso son los padres o tutores los que simbólicamente han de cumplir.
Ese es el caso que ocupa hoy en la sala. Un fagotizador menor de edad que ha de dar buena cuenta de su abuelo; un tutor legal, el tío del fagotizador, al que se le tuercen las tripas y le sube un regusto amargo cuando piensa que ha de hacerlo, y que incapaz, se niega. Fercoti se llama el fagotizador menor de edad, Vinicio el abuelo cocido, Jaulen el tutor legal y mayor de edad que ha de cumplir lo redactado en la Última Carta. Caldo de chalota y zanahoria con romero y pimienta, la receta elegida por Vinicio.
Pero el vapor que sube de la sala de calderos hasta la que ha de acoger el debate con Jaulen, sube dejando el rastro de otros caldos diferentes mezclados. Champiñones, maíz, rodilla de ternera, zanahoria, cúrcuma, puerro, tomillo, carcasas de pollo y hasta algo de queso. Tantas recetas disponibles como futuros cocidos en el mundo. Y con ningún olor de todos los que le llegan, puede bregar Jaulen, quien desde que de niño se enterara de su futuro una vez fenecido, o de cómo tendría que ayudar, mediante la masticación, al tránsito del alma de algún ser querido, no puede comer nada que no sean batidos nutrientes con olores y sabores sintéticos. Todo lo demás lo expulsa inmediatamente, asqueado, su cuerpo. Los dos años que ha pasado en la guerra en la frontera, alimentándose de esos nutrientes y de otros víveres más insulsos y espartanos, tampoco ayudan a que su estómago se acomode a la idea de este repentino imperativo legal.
Y ahí está, en la sala de debates, sudando, nervioso, esperando ser juzgado; porque ya sabe y tiene claro que va a ser incapaz, que se va a negar a masticar a Vinicio, y que eso le traerá problemas y un final con un castigo difícil. Fercoti está a su lado retorciéndose las manos, y la puerta de madera de la sala se abre para dar paso a los siete hombres que componen el Tribunal contra el que habrá que debatir. Fercoti no podrá decir nada como menor de edad. Vinicio sigue cociéndose entre verduras, pimienta y romero y Jaulen debería contar con un abogado de oficio que llega tarde. También ese retraso en el abogado defensor y guía del fagotizador durante el debate está permitido, no pasará nada si se incorpora a lo largo de la mañana; nada, excepto que el debate del Tribunal contra Jaulen, empieza sin ese abogado, sin que Jaulen sepa para defenderse nada más allá del nombre de la extraña ley o costumbre que, para escándalo y para incomprensión de sus semejantes, está dispuesta a saltarse, sean cuales sean las consecuencias.
El secretario del Tribunal, sentado frente a una pequeña mesa en un nivel más bajo que sus superiores, lee los puntos resumidos del caso “Tribunal de la Última Carta contra el fagotizador Jaulen Mayoral” y tras el leve toque de campanilla del más veterano del Tribunal, se da por comenzada la sesión.
– Señor Jaulen Mayoral, leídos los sucesos que nos han llevado hasta este punto, y por los que se le acusa de querer incumplir con la voluntad que Vinicio Mayoral dejó redactada en su Última Carta, abrimos proceso y tiempo para que exponga las razones de su negativa y las debatamos. Aunque ya sabe que, en ningún momento podrá ganar dicho debate y finalmente será obligado a cumplir con su papel de fagocitador en representación legal de su sobrino Feroti Mayoral. O duramente castigado por ello, si ni siquiera obligadamente cumple con ello. Abrimos el proceso, ¿qué tiene que argumentar a su favor?
Pero Jaulen Mayoral no puede abrir la boca. Solo sudar y respirar silenciosa y entrecortadamente mientras mira desesperado la gran puerta de la sala, esperando que de un momento a otro se abra y entre un abogado de oficio salvador. Nada sucede durante segundos, el teclado del secretario ha dejado de redactar, Feroti se da mordisquitos en el labio inferior mirando a Jaulen, el Tribunal de la Última Carta mira intensamente al fagocitador y la carne de Vinicio va adquiriendo el habitual color blancuzco de los cocidos. El vapor se concentra cada vez más, y la puerta sigue sin abrirse. Jaulen Mayoral siente las arcadas crecer y tiene cada vez más claro cuál va a ser su triste final. El veterano del Tribunal se dispone a azuzarle a hablar de una vez, cuando la manilla de la gran puerta de madera comienza a girar.