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(…) El abogado defensor que debía acudir para ayudar a Jaulen en el debate no ha aparecido todavía y a estas alturas de los hechos, seguramente nunca aparecerá. Jaulen podrá poner una reclamación formal porque uno de sus derechos no habrá sido cubierto ante un Tribunal, pero esa posibilidad la hará cuando el debate haya acabado y la resolución haya sido emitida; está atrapado por todos los costados por las Tradiciones Mayores de la nación. Solo la llamada urgente a filas, que supone un alto servicio, casi sagrado, a esa nación, puede suponer su vía de escape.

– Se da una situación de la que no nos habíamos percatado hasta el momento – interrumpe el debate a susurros y habla en voz alta el miembro más joven de los cinco que componen el Tribunal- Y es que se puede realizar un intercambio de papeles, a tenor de las edades de los dos familiares implicados en este caso.

Las togas moradas y doradas del resto de miembros del Tribunal se remueven incómodas en sus asientos. La incomodidad no viene dada por lo que acaba de pronunciar el más joven de todos, sino por el hecho de que ninguno, ante la disyuntiva que la llegada del mensajero y la llamada a filas para Jaulen había planteado, hubiera pensado rápidamente en esa solución. Finalmente el segundo miembro más veterano del Tribunal toma la palabra

-Está cargado de razón nuestro compañero más joven, que rápidamente ha sabido revisar los datos y llegar a esa conclusión – se gira hacia su izquierda, al miembro más mayor – es por esto por lo que conviene ir introduciendo altos funcionarios más jóvenes a estos cargos: ellos cuentan con menos experiencia pero tienen más velocidad de pensamiento y resolución.

El miembro más veterano resopla levantando el mentón para encajar el golpe. El segundo más mayor es el único a dirigirse a él de esa forma, y tiene razón, pero verse corregido en público no es algo que agrade a una de las Autoridades más antiguas de la nación en cuestiones de Política Religiosa y Moral. El secretario escribe a toda prisa las últimas palabras pronunciadas y el miembro más veterano le fulmina con la mirada: esa enmienda pública quedará registrada y tras recibir la mirada, el secretario sabe que por cumplir a rajatabla con su trabajo, a partir de ese día, verá bajar día tras día su escalafón profesional.

-¿Qué están queriendo decir? – abre la boca por primera vez Jaulen Mayoral.

-Recuerden que han de firmarme la orden de entrega – levanta la mano y habla impacienta el mensajero oficial, que espera reclinado en una mesa auxiliar.

-Usted guarde silencio y tenga paciencia – le responde el miembro mayor- Queremos decir – se dirige ahora con voz, mirada y cuerpo a Fercoti y Jaulen Mayoral-, que Fercoti no ha alcanzado la mayoría de edad espiritual para fagocitar, pero con sus dieciocho recién cumplidos, sí ha alcanzado la mayoría de edad física e intelectual requeridas para servir en filas.

Fercoti abre sus ojos hasta que los globos casi salen de sus órbitas y comienza a susurrar obsesivamente algo que no se entiende qué es.

-Por tanto – continua sentenciando el tercero -, ante un caso tan excepcional como este, en el que el fagocitador suplente recibe una llamada a filas urgente cuando el cuerpo de su antepasado está ya en el caldero, casi listo para servirse y comenzar a transitar hasta el Nivel Superior, puede darse una resolución excepcional.

-Así es – habla por primera vez el cuarto miembro del Tribunal- Por Resolución Moral y Autoridad podemos concluir que Jaulen sea el suplente de Fercoti y Fercoti el de Jaulen en las funciones que a cada uno de ellos se les ha requerido.

-Muy salomónico todo – se ríe para sí mismo el mensajero, que está alucinando mientras asiste a una Resolución casi histórica-.

-¡No pueden hacerme eso! – Fercoti ha saltado por encima de la bancada y de la mesa y se dirige, puños apretados, rojo de rabia, hacia el estrado del Tribunal. Dos Seguridades, vestidos con uniforme completamente negro y guantes y pasamontañas grises, salen veloces de la nada y le agarran de los brazos, retorciéndoselos hacia detrás para contenerlo, pero él sigue caminando decidido hacia un Tribunal asustado bajo sus togas y sus años de Resoluciones – ¡No pueden hacer eso! ¡Contravienen las Reglas sobre las que se fundó esta nación, y contravienen a mi inocencia poblacional! – Fercoti sigue retorciéndose, si le dejaran suelto, ahogaría uno por uno a los miembros del Tribunal-.

Jaulen observa, como si viera un fantasma o una alucinación, a su tutorizado. Nunca imaginó esa rabia y esa fuerza en él. Al parecer, Fercoti había crecido mucho en los tres años en los que Jaulen estuvo sirviendo en el Frente, pero había perdido también toda la cautela que tenía cuando lo dejó en su casa.

-Pues con esa fuerza nadie diría que no está preparado – vuelve a murmurar para sí mismo el mensajero.

-¡Yo quiero servir a mi nación! – Salta a la defensiva Jaulen Mayoral-.

-¡Pero yo no quiero fagocitar! – Responde Fercoti. Los dos se miran con odio. El más joven sigue retorciéndose y, mientras el secretario escribe todo, el Tribunal da a los Seguridades la señal para que tengan preparada la pistola taser para contener a los dos Mayoral.

-Tienen que firmarme la orden de entrega, hay más mensajes que he de entregar.

-¡Que se calle le han dicho!- responde el quinto miembro del Tribunal, venido arriba, al mensajero, que suspira con rabia y se muerde la lengua.

-Usted lo que no quiere es cumplir con ninguna de sus responsabilidades con su Estirpe y su Nación – dedo acusador del segundo miembro del Tribunal hacia Fercoti – y usted solo quiere ir al Frente para librarse de ayudar a su tío a transitar.

Se abre de nuevo la puerta de la sala, Jaulen y Fercoti miran desesperados, deseando que un abogado de oficio, para cualquiera de los dos, entre de una vez. En su lugar, accede a la sala sudoroso, con una chaquetilla negra y un mandil a rayas, un Cocedor. Uno de los encargados de cocinar en los gigantescos calderos las voluntades redactadas en las Últimas Cartas.

-Perdonen la interrupción, Señorías Autoridades, pero no puedo retrasar más la cocción definitiva de Vinicio Mayoral – mira de reojo a Jaulen y a Fercoti, que siguen resoplando y retorciéndose entre los Seguridades que los retienen- Está en ese punto de cocinado en que hay que aumentar el fuego para que la carne se cocine sin separarse ni deshilacharse. Es necesario que tomen la decisión ahora, en dos minutos como mucho, o el recipiente del alma de Vinicio no podrá fagocitarse y no podrá transitar.

-¿Qué sucedería entonces con su alma, con su fantasma? – pregunta el cuarto miembro del Tribunal.

-No se ha dado nunca un caso así, ni siquiera creo que esté estipulado en las Reglas – responde el segundo. Mientras el quinto, raudo, está buscando ya entre la normativa si se contempla tal excepción.

-¡Jaulen! ¡Cómete ya al abuelo Vinicio y deja de intentar escaquearte, es lo mejor para todos!

-¡Es lo mejor para ti!

-Tampoco lo crea, que habrá de ir al Frente – interrumpe el tercer miembro del Tribunal a tío y sobrino.

-¡Basta! – intenta poner orden el primer miembro.

-Se lo ruego señores, ¡fírmenme la entrega! – ruega harto el mensajero.

-¡Silencio! – Vuelve a hablar el primer miembro, desabrochándose el primer botón de la toga, gesto que imitan los otros cuatro. El secretario mantiene expectante sus dedos sobre el teclado- Como Autoridad primera y superior de este Tribunal de la Última Carta, he de tomar la decisión, y creo que mis cuatro compañeros me secundarán – les mira, los cuatro asienten. Fercoti llora, Jaulen intenta contenerse el llanto. Las pistolas taser a la espera de atacarles ante cualquier movimiento brusco. Jaulen mira al mensajero, que se encoje de hombros. Un sobre con billetes empieza a quemarle en su bolsillo- Ante la premura de los tiempos de cocción y una situación tan excepcional como ésta, sentencio: que siguiendo las Reglas sobre fagocitación y facilitación del tránsito del alma de esta gloriosa nación al siguiente nivel, sea el tutor de Fercoti Mayoral, Jaulen Mayoral, quien, dada su mayoría de edad espiritual, se encargue de fagocitar el cuerpo de Vinicio Mayoral – una pausa para mirar a Jaulen, que se limita a respirar pesadamente con la cabeza gacha, resignado-. Y que dada su condición de mayoría de edad física e intelectual, sustituya durante cinco jornadas a Jaulen Mayoral en el Frente ante esta llamada urgente.

-¡Que no, joder! – Fercoti vuelve a quejarse y, a la señal del Tribunal, una taser le da un pequeño toque de advertencia, lo que hace que se calle. El Cocedor, satisfecho, abandona la sala para acabar de darle el último toque al cuerpo.

-No he terminado – advierte el mayor del Tribunal- Además, ante la resistencia y la reticencia mostradas por ambos miembros de la familia Mayoral a cumplir con su Estirpe y su Nación, ambos recibirán dos castigos ejemplares: a Jaulen Mayoral se le suministrará la carne de Vinicio mediante un embudo, bajo advertencia de cinco latigazos cada vez que muestre resistencia de nuevo – Jaulen rompe a llorar. No era el peor castigo posible, pero sí uno de los más temidos y asquerosos que esperaba sufrir- Fercoti, por su parte, viajará inmediatamente al Frente y allí se levantará todos los días una hora antes que sus compañeros y se acostará una hora después, para preparar los desayunos por la mañana y limpiar letrinas y duchas al acabar el día – Fercoti no da respuesta, la pistola taser le ha dejado fuera de juego- Además, dormirá en las cuadras con los caballos y, en caso de combate, formará parte siempre de la vanguardia.

El Tribunal asiente satisfecho ante tal brillante Resolución ejemplar. Todo marcha, todo vuelve a su cauce. Los Seguridades se llevan casi a rastras a un Fercoti Mayoral que ni siquiera se ha enterado de a qué ha sido sentenciado. Jaulen abandona la sala arrastrando los pies, cabizbajo, derrotado y temeroso. “Completamente desproporcionado, completamente desproporcionado…” repite una y otra vez, murmurando para sí. Pasa al lado del mensajero y le lanza un vistazo fugaz, “Completamente desproporcionado…” Sintiéndose mal consigo mismo y pesaroso con Jaulen, rápidamente se palpa el bolsillo y, de debajo de ese sobre lleno de billetes que finalmente no ha servido para nada, saca una pequeña ampolla con un líquido azul, metiéndosela en el bolsillo. Le hace una mirada a Jaulen para avisarle, mientras este vuelve a agachar la cabeza y sigue murmurando su frase.

El Tribunal y el Secretario han abandonado la sala de Últimas Cartas por unos portones de madera disimulados en la parte tras el estrado, y el mensajero, estupefacto ante lo que acaba de vivir, se sienta en una bancada, agradeciendo no estar dispuesto a cuestionar ni plantar cara, y sí a medrar y mercadear para escalar. Cae en la cuenta de que finalmente nadie le ha firmado la nota de entrega. Resopla y se rasca la frente, sabiendo que no puede reclamar nada y que este envío se le descontará de su pírrico sueldo, por mucho que los hechos demuestren que cumplió con su tarea.

Solo su respiración se oye cuando la puerta se abre rápidamente, casi golpeando la pared, y tras ella entra en la sala un joven con traje negro y corbata y maletín gris. Jadea, suda y aterrado mira la sala vacía. Echa un vistazo a su reloj, camina por la sala, la mira como para asegurarse que está vacía y vuelve a mirar a su reloj.

-¿Ésta es la sala de debates sobra la Última Carta? – le pregunta al mensajero sin más.

-Aquí es.

-Soy el abogado de oficio de Jaulen Mayoral.

-Tarde, la Resolución ya ha sido emitida, y telita con ella. Le aconsejo que revise mañana el Boletín.

-¡Mierda! ¡Otra vez tarde a una vista! Me van a echar del Colegio…

El abogado defensor camina para salir de la sala y al pasar a su lado el mensajero le retiene del brazo.

-¡Eh oiga! Al menos eche un garabato tonto en esta nota de entrega – el abogado le mira espantado-, no es para tanto. Haga algo útil hoy.