PARTE 1: RESUMEN DEL CASO Y APERTURA DEL PROCESO

En un lugar indeterminado pero cercano, en Occidente, en una época indeterminada pero no muy lejana ni en el pasado ni en el futuro, se cocía una extraña ley o costumbre, un convencionalismo social poco a poco, a fuego lento, como se cuecen los cuerpos humanos en calderos humeantes y enormes.
La extraña ley o costumbre ha ido calando durante décadas en esta indeterminada sociedad occidental y sin encontrar apenas resistencia ha sido aceptada por todos los estratos sociales. Aunque como buen colectivo formado por clases, cada una de éstas devora con más o menos refinamiento esta extraña ley o costumbre que se ha cocido.
En pequeñas salas revestidas de madera se decide el cumplimiento de la extraña ley o costumbre. Se da lectura a la Última Carta de cada uno de los futuros cocidos y se cede al afortunado un estuche de trabajada madera con las herramientas y los condimentos necesarios. Más bien, los indicados en la Última Carta. En esas pequeñas salas revestidas de madera se reúne la gente cercana al cocido vestida de negro, llorosa casi siempre pero tristemente reconfortados por cumplir con la extraña ley o costumbre, que en absoluto es antigua ni trasciende la noche de los tiempos, pero que ha arraigado. Muchos no se explican ese arraigo tan fuerte y tan rápido, pero es porque ni se han negado a cumplir con la tradición extraña, ni conocen a nadie que se haya negado; rara vez se da uno de estos casos en los que el que debería ser el cocido, o el que debería ser el fagotizador, se niegan a cumplir con su parte de la extraña ley o costumbre. Cuando esto ocurre, lo que ha de suceder, la sanción que ha de aplicarse si es que se llega a ese caso, se debate y decide todo en unas salas apenas un poco más pequeñas que las de lectura de Última Carta; también revestidas de madera, también con individuos que las ocupan vestidos de riguroso negro. La luz no entra por ninguna ventana y el ambiente puede llegar a ser sofocante hasta el punto de formarse una fina capa de vaho sobre el cristal que recubre las tablas de las mesas. El calor húmedo que produce ese vaho, ese sofocante vapor que huele a fuego lento y condimento, se cuela por las rendijas de la sala. La sala está en una planta superior a las grandes estancias donde los calderos enormes bullen, sin apenas hacer ruido pero haciéndose notar, y esa combinación no ayuda ni a la lectura de las últimas cartas, ni mucho menos al debate sobre cómo hacer cumplir, o sancionar el incumplimiento del cocido.
En una de esas salas de debate o sanción hay hoy sesión extraordinaria. Es extraordinaria porque es rara la vez en la que no se cumple la Última Carta. Alguna vez se da; cuando cocido y fagotizador no se llevaban bien en realidad, cuando sí se trataban pero había demasiadas rencillas sin solucionar entre ellos; cuando el fagotizador era demasiado pequeño para cumplir esa última voluntad, o cuando el cocido no había dejado, voluntaria o involuntariamente, redactada esa Última Carta. La redacción de la Última Carta es obligatoria para todos los mayores de edad, que en este colectivo del que hablamos se alcanza al cumplir los veinte años. En caso de que el cocido sea menor, son los padres o tutores legales los que deciden el fagotizador, y lo mismo ocurre si el que ha de fagotizar, es menor de la veintena; en ese caso son los padres o tutores los que simbólicamente han de cumplir.
Ese es el caso que ocupa hoy en la sala. Un fagotizador menor de edad que ha de dar buena cuenta de su abuelo; un tutor legal, el tío del fagotizador, al que se le tuercen las tripas y le sube un regusto amargo cuando piensa que ha de hacerlo, y que incapaz, se niega. Fercoti se llama el fagotizador menor de edad, Vinicio el abuelo cocido, Jaulen el tutor legal y mayor de edad que ha de cumplir lo redactado en la Última Carta. Caldo de chalota y zanahoria con romero y pimienta, la receta elegida por Vinicio.
Pero el vapor que sube de la sala de calderos hasta la que ha de acoger el debate con Jaulen, sube dejando el rastro de otros caldos diferentes mezclados. Champiñones, maíz, rodilla de ternera, zanahoria, cúrcuma, puerro, tomillo, carcasas de pollo y hasta algo de queso. Tantas recetas disponibles como futuros cocidos en el mundo. Y con ningún olor de todos los que le llegan, puede bregar Jaulen, quien desde que de niño se enterara de su futuro una vez fenecido, o de cómo tendría que ayudar, mediante la masticación, al tránsito del alma de algún ser querido, no puede comer nada que no sean batidos nutrientes con olores y sabores sintéticos. Todo lo demás lo expulsa inmediatamente, asqueado, su cuerpo. Los dos años que ha pasado en la guerra en la frontera, alimentándose de esos nutrientes y de otros víveres más insulsos y espartanos, tampoco ayudan a que su estómago se acomode a la idea de este repentino imperativo legal.
Y ahí está, en la sala de debates, sudando, nervioso, esperando ser juzgado; porque ya sabe y tiene claro que va a ser incapaz, que se va a negar a masticar a Vinicio, y que eso le traerá problemas y un final con un castigo difícil. Fercoti está a su lado retorciéndose las manos, y la puerta de madera de la sala se abre para dar paso a los siete hombres que componen el Tribunal contra el que habrá que debatir. Fercoti no podrá decir nada como menor de edad. Vinicio sigue cociéndose entre verduras, pimienta y romero y Jaulen debería contar con un abogado de oficio que llega tarde. También ese retraso en el abogado defensor y guía del fagotizador durante el debate está permitido, no pasará nada si se incorpora a lo largo de la mañana; nada, excepto que el debate del Tribunal contra Jaulen, empieza sin ese abogado, sin que Jaulen sepa para defenderse nada más allá del nombre de la extraña ley o costumbre que, para escándalo y para incomprensión de sus semejantes, está dispuesta a saltarse, sean cuales sean las consecuencias.
El secretario del Tribunal, sentado frente a una pequeña mesa en un nivel más bajo que sus superiores, lee los puntos resumidos del caso “Tribunal de la Última Carta contra el fagotizador Jaulen Mayoral” y tras el leve toque de campanilla del más veterano del Tribunal, se da por comenzada la sesión.
– Señor Jaulen Mayoral, leídos los sucesos que nos han llevado hasta este punto, y por los que se le acusa de querer incumplir con la voluntad que Vinicio Mayoral dejó redactada en su Última Carta, abrimos proceso y tiempo para que exponga las razones de su negativa y las debatamos. Aunque ya sabe que, en ningún momento podrá ganar dicho debate y finalmente será obligado a cumplir con su papel de fagocitador en representación legal de su sobrino Feroti Mayoral. O duramente castigado por ello, si ni siquiera obligadamente cumple con ello. Abrimos el proceso, ¿qué tiene que argumentar a su favor?
Pero Jaulen Mayoral no puede abrir la boca. Solo sudar y respirar silenciosa y entrecortadamente mientras mira desesperado la gran puerta de la sala, esperando que de un momento a otro se abra y entre un abogado de oficio salvador. Nada sucede durante segundos, el teclado del secretario ha dejado de redactar, Feroti se da mordisquitos en el labio inferior mirando a Jaulen, el Tribunal de la Última Carta mira intensamente al fagocitador y la carne de Vinicio va adquiriendo el habitual color blancuzco de los cocidos. El vapor se concentra cada vez más, y la puerta sigue sin abrirse. Jaulen Mayoral siente las arcadas crecer y tiene cada vez más claro cuál va a ser su triste final. El veterano del Tribunal se dispone a azuzarle a hablar de una vez, cuando la manilla de la gran puerta de madera comienza a girar.